En un solar de esquina situado en la Ciudad Lineal de Madrid y ocupado por un caserón de los años veinte, se construye un bloque de vivienda colectiva que intenta conservar algunas de las cualidades propias de los hoteles que en otro tiempo flanquearon la Avenida de Arturo Soria.
Así, se sitúan dos viviendas en planta baja a las que se dota de un jardín particular, evitando en parte el vacío oscuro de los soportales desordenados habituales en la zona. La relación con el exterior se busca en los pisos intermedios a través de los miradores.
El deseo de unificar en un paralelepípedo claro la volumetría resultante de una planta marcada por los voladizos de los miradores, lleva a definir una piel superpuesta de acero y paneles correderos de madera. La superficie tersa del enfoscado blanco y los paños de vidrio situados detrás de ella adquiere así un aspecto ligero y cambiante. Los volúmenes rectos, las barandillas de tubo de acero y las lamas blancas que protegen las azoteas de las miradas ajenas, dialogan con la geometría prismática del Hospital de la Marina situado enfrente.